Séptimo y último volumen de la serie Filiaciones. Saul Leiter (1923-2013) es probablemente aquel de los siete cuyo parentesco con Coralie J Schmitt es el más discreto. No la matriz fundadora que es Pierre Soulages, no la gramática arquitectónica de Franz Kline, no la disciplina caligráfica de Henri Michaux o de Hiroshi Sugimoto. Algo más localizado: la convicción de que un fragmento urbano puede bastar para componer una imagen.

El pintor que fotografiaba

Leiter es, como Michaux, un caso particular. Nacido en 1923 en Pittsburgh, hijo de un rabino, abandona sus estudios religiosos para volverse pintor en Nueva York en 1946. La fotografía no es, durante mucho tiempo, más que una práctica anexa. La hace comercialmente para las revistas de moda (Harper’s Bazaar, Vogue, Esquire) a partir de los años 1950, pero su verdadera carrera no comienza hasta el cambio de los años 1990, cuando el mundo del arte redescubre sus fotografías a color de los años 1950 y lo eleva, tardíamente, al rango de autor mayor.

Esta historia es importante. Leiter pasó cincuenta años fotografiando sin buscar el reconocimiento institucional. Esta independencia produjo una obra extrañamente libre de los cánones de la fotografía callejera de su época. Allí donde Robert Frank documenta América (The Americans, 1958), allí donde Garry Winogrand capta la urbanidad frontal, Leiter encuadra fragmentos. Un vidrio empañado. Un borde de abrigo. Un reflejo en un charco.

El corpus monocromo

Si Leiter es hoy conocido por sus colores (los rojos, los amarillos, los azules profundos de Nueva York vista a través de un vidrio), su corpus monocromo, ampliamente desconocido en vida, es objeto desde su muerte en 2013 de un redescubrimiento progresivo. Son estas fotografías en blanco y negro las que iluminan más directamente la práctica de Schmitt.

En este corpus, Leiter encuadra interiores neoyorquinos, arcos, escaleras, siluetas de transeúntes vistas de espaldas o parcialmente ocultas. Lo que llama la atención cada vez es el rechazo del plano de conjunto. Leiter no fotografía Nueva York. Fotografía un detalle de Nueva York, tratado como un acontecimiento plástico en sí. Esta apuesta del fragmento es preciosa: desplaza la fotografía urbana del registro documental hacia el registro abstracto.

El parentesco local con Schmitt

Es esta práctica del fragmento la que informa la serie Intérieur de Schmitt. Silence, L’abandon, Passage no muestran piezas completas, arquitecturas legibles, lugares identificables. Muestran rincones, ángulos, aberturas. El cojín arrugado de Insomnie. La sábana deshecha de Silence textile. El arco urbano de Passage. Cada imagen aísla un objeto o un espacio ordinario y lo trata como una composición abstracta.

Esta práctica del fragmento comparte con Leiter una ética precisa: no buscar decir el conjunto. Lo visible es demasiado vasto para ser resumido por una imagen. Una buena fotografía toma nota de ello. Extrae una porción delimitada y confía en el espectador para reconstruir mentalmente el resto — o para aceptar que no haya nada que reconstruir, que el fragmento sea ya la obra.

La lección de la espera

Una segunda lección de Leiter atraviesa silenciosamente el trabajo de Schmitt: la espera como método. Leiter pasaba horas en el barrio del East Village observando la misma calle, el mismo ángulo, la misma vitrina, hasta que una luz, un transeúnte, un reflejo hiciera la imagen. Esta disciplina es rara. Supone que se acepte no tomar la fotografía antes de que sea tomable.

Esta ética encuentra un eco en la serie Roma per sempre de Schmitt. Las imágenes de Roma no son captadas en un frenesí turístico. Son esperadas. Una luz. Una sombra proyectada. Un instante en el que la arquitectura deja de ser un decorado y se convierte en una propuesta plástica. Esta espera compartida con Leiter es quizás lo que vuelve las imágenes dialogantes más allá de la divergencia de generaciones y de continentes.

Las divergencias asumidas

Al menos dos diferencias distinguen las prácticas.

El color. Leiter es, a pesar de su corpus monocromo, principalmente conocido por sus colores. Schmitt nunca ha practicado la fotografía a color. Esta diferencia no es menor: indica dos relaciones con lo visible. Allí donde Leiter buscaba en el color una expresividad cromática singular, Schmitt busca en el blanco y negro una reducción estructural más radical.

La densidad urbana. Leiter trabajaba en el tumulto de Nueva York. Schmitt trabaja en Barcelona, París y Roma, en contextos urbanos más reposados. Esta diferencia cambia la naturaleza de los fragmentos: los de Leiter están saturados de humanidad fugaz, los de Schmitt están extrañamente vacíos, como si la ciudad se hubiera retirado para dejar aparecer su dispositivo geométrico puro.

La lección que permanece

Lo que permanece, más allá de estas divergencias, es la convicción de que un fragmento vale más que un panorama. Esta idea va a contracorriente de la fotografía contemporánea, que privilegia la alta definición, el gran angular, la composición espectacular. Leiter pasó su vida demostrando que una imagen encuadrada estrecha, sobre un detalle insignificante, podía portar más presencia que una imagen totalizante. Schmitt prolonga esta demostración, en su propio vocabulario y sus propias ciudades, con la misma ética del prelevamiento delicado.

Así se cierra la serie Filiaciones. Siete artistas, tres medios (la tinta, la pintura acrílica, la fotografía), una sola convicción que los atraviesa a todos: el blanco y negro, tratado con rigor, puede sostener una obra entera. Esta convicción, heredada y desplazada, es el árbol genealógico plástico de Coralie J Schmitt.


Fuentes y lecturas

  • Saul Leiter, Early Color, Steidl, 2006
  • Saul Leiter, In My Room, Steidl, 2018
  • Margit Erb y Michael Parillo, Saul Leiter: The Centennial Retrospective, Thames & Hudson, 2023
  • Saul Leiter, Foundation Henri Cartier-Bresson, 2008, catálogo de exposición

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