El expresionismo gestual tiene dos historias paralelas, una estadounidense, otra europea. En Nueva York, Jackson Pollock, Willem de Kooning, Franz Kline. En París, Pierre Soulages, Georges Mathieu, Hans Hartung (1904-1989). Estas dos familias comparten una época (los años 1940-1960), una certeza (que el gesto solo puede sostener una obra), y divergencias profundas en la manera de practicar esta certeza. Para Coralie J Schmitt, es la rama europea la que mejor ilumina la nueva serie acrílica de 2026, y en particular la obra de Hartung.

El pintor que preparaba sus cuadros

La biografía de Hartung es inseparable de su práctica. Nacido en 1904 en Leipzig, formado en la pintura clásica alemana, exiliado en Francia en los años 1930, alistado en la Legión extranjera durante la Segunda Guerra Mundial (donde pierde una pierna), nacionalizado francés en 1946. Esta historia está atravesada por una ética particular: Hartung es de esos pintores que preparan sus cuadros mentalmente antes de ejecutarlos, y que rechazan absolutamente el “gesto puro” asociado al action painting estadounidense.

Sus T (series de los años 1950-1960), aparentemente improvisados, son en realidad el resultado de un protocolo preciso: bocetos preparatorios, pruebas, cálculos de proporción. El gesto que aparece sobre el lienzo ha sido pensado, anticipado, a veces reproducido a partir de estudios anteriores. Este método distingue radicalmente a Hartung de Pollock, quien reivindicaba al contrario el acontecimiento del taller como única ley.

La ética contenida

Esta ética de la gestualidad preparada es una de las lecciones más preciosas que Schmitt hereda. En la nueva serie acrílica de 2026, varias piezas muestran un gesto a la vez amplio y delimitado. El trazo se extiende sobre el lienzo con energía, pero se detiene a la justa distancia. La masa negra ocupa una zona precisa, sin desbordar ni contenerse demasiado. Esta mesura en el gesto es exactamente lo que Hartung defendía: ni explosión gratuita, ni retención tímida. Un gesto que sabe a dónde va.

Este método exige una disciplina particular. Supone que se pueda pensar un cuadro antes de hacerlo, sin por ello quitarle la frescura de ejecución. Es un equilibrio difícil, que pocas obras alcanzan. Hartung lo logró durante cincuenta años. Schmitt lo intenta a su manera, y con sus medios, en formatos más contenidos pero con la misma ética de la preparación invisible.

La gramática de los rasguños

Hartung es también el pintor que ha, primero en Europa, hecho del rasguño un acontecimiento plástico mayor. En sus T y luego en las grandes telas de los años 1960-1970, desarrolla un vocabulario de estrías, de rayas, de cuchilladas que estructuran el lienzo por su sola presencia. Estas marcas no son ni dibujos, ni escrituras, ni manchas. Son incisiones, tratadas como acontecimientos en la materia pictórica.

Este vocabulario ilumina ciertas piezas del corpus acrílico de Schmitt. La déchirure, por su título mismo, asume un parentesco con esta estética de la incisión. El lienzo es tratado como un soporte que se entalla, que se atraviesa, que se abre. Esta operación no es violenta en el sentido espectacular del término. Es precisa, disciplinada, y eso es lo que la vuelve eficaz.

Las divergencias asumidas

Al menos dos diferencias distinguen la práctica de Schmitt de la de Hartung.

El color. Hartung, a pesar de su reputación de pintor del negro, usó mucho el color, especialmente en sus últimos años. Los azules, los amarillos, los rojos atraviesan la obra. Schmitt asume al contrario una disciplina absoluta del blanco y negro, sin derogación posible. Esta diferencia no es menor: corresponde a una elección de identidad plástica diferente.

La escala de las obras. Hartung practicó los grandes y muy grandes formatos, hasta 5 metros de longitud en los años 1970-1980. Schmitt permanece, hasta hoy, en formatos más íntimos. Esta diferencia de escala cambia la naturaleza misma del diálogo con el espectador: allí donde Hartung envuelve, Schmitt confronta a la altura del ojo.

La lección que permanece

Lo que permanece, más allá de estas divergencias, es la convicción de que un gesto puede ser a la vez enérgico y disciplinado. Esta idea es rara. La mayoría de los pintores eligen un bando: o la maestría clásica, que cepilla la energía, o el expresionismo desenfrenado, que sacrifica la precisión. Hartung sostuvo durante cinco décadas que los dos eran compatibles. Schmitt prolonga esta posición en su propio corpus, a su propio ritmo, y con la misma ética de la preparación discreta que vuelve el gesto justo.


Fuentes y lecturas

  • Hans Hartung, Autoportrait, Grasset, 1976
  • Hans Hartung 1904-1989 : la fabrique du geste, Musée d’Art Moderne de Paris, 2019, catálogo de exposición
  • Pierre Daix, Hans Hartung, Bordas, 1991
  • Hartung 10 perspectives, Skira/Fondation Hartung-Bergman, 2006

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