Existen exposiciones que cuestionan nuestras certezas sobre lo que hace al arte verdadero. La retrospectiva Beatriz González en el Barbican Centre pertenece a esta categoría rara. Frente a las 150 obras de la artista colombiana, nuestra mirada de occidentales acostumbrados a los códigos del arte contemporáneo vacila. He aquí una creadora que ha hecho del mal gusto asumido un arma de destrucción masiva contra la hipocresía social.

Beatriz González nunca ha ocultado sus fuentes. Cromolitografías, imágenes piadosas, postales turísticas, publicidades de revistas: todo lo que el arte erudito desprecia se vuelve para ella material de primera necesidad. Desde los años 1960, saquea sin complejos el imaginario de masas para retorcerlo contra sí mismo. El resultado golpea por su violencia sorda, esa forma que tiene de hacer explotar los códigos estéticos dominantes desde dentro.

En el Barbican, sus “muebles-pinturas” ocupan el espacio con una presencia perturbadora. Estas camas, estas cómodas, estas mesas pintadas con escenas románticas desviadas no pertenecen ni a la escultura ni a la pintura tradicional. Inventan su propia categoría, la de un arte que rechaza la contemplación distanciada para infiltrarse en la intimidad doméstica. González comprende una verdad que el arte occidental ignoró durante mucho tiempo: la belleza no se decreta, se negocia en el cotidiano.

Esta estrategia resuena extrañamente con mi propia práctica del taller resistente, esta necesidad de crear contra las fuerzas que intentan apartarnos de lo esencial. La irreversibilidad de la tinta china encuentra aquí un eco en la irreversibilidad del gesto de González: una vez que se apodera de una imagen, la transforma definitivamente.

La violencia en traje de fiesta

La fuerza de Beatriz González reside en su capacidad de revelar la violencia que brota bajo la superficie lisa del imaginario popular. Sus reproducciones de fotos de prensa, transpuestas a los colores ácidos del kitsch comercial, producen un efecto de aturdimiento. La muerte violenta se engalana con los tonos de la publicidad de champú, creando un malestar profundo que dice más sobre nuestra época que muchos manifiestos.

La exposición del Barbican destaca particularmente este período de los años 1980-90, cuando Colombia se hundía en la espiral de la violencia ligada al narcotráfico. González desarrolla entonces su serie de las “Apolínea”, donde reproduce meticulosamente las fotos de víctimas publicadas en la prensa, pero tratándolas con los códigos visuales de la imaginería religiosa popular. Lo sagrado y lo profano se telescopian en un choque estético de rara potencia.

Este enfoque de la violencia por el desvío visual encuentra un eco perturbador en mi propia relación con el blanco y negro radical. Allí donde mis tintas chinas buscan la verdad en la brutalidad del contraste, González la descubre en el exceso de color. Dos caminos opuestos hacia una misma urgencia: decir lo indecible de nuestra época.

Lo que fascina en Beatriz González es su capacidad de inventar un lenguaje artístico que habla simultáneamente a las masas y a la élite cultural, sin caer nunca en el populismo fácil. Logra esta hazaña dominando perfectamente los códigos que desvía. Formada en las Beaux-Arts de Bogotá, conoce íntimamente la historia del arte occidental, pero elige deliberadamente apartarse de ella para beber del imaginario de su época y de su territorio.

En el Barbican, sus primeras obras de los años 1960 revelan esta estrategia en gestación. Apropiándose de las reproducciones de maestros antiguos vendidas en las tiendas de souvenirs, opera ya esa alquimia particular que transforma la copia degradada en obra original. González anticipa en varias décadas los cuestionamientos contemporáneos sobre la autenticidad en la era de la reproducción digital.

La sala dedicada a sus “Curtains” de los años 2000 ilustra perfectamente esta evolución. Estas cortinas pintadas, inspiradas en los cortinajes de mal gusto que adornan los interiores populares, transforman el espacio de exposición en decorado de tragedia griega contemporánea. El espectador ya no contempla la obra, evoluciona dentro de la estética de González.

La melancolía del kitsch asumido

Hay en Beatriz González una melancolía particular, la de quien acepta plenamente la estética de su época sin nostalgia por una edad de oro pasada. Esta aceptación resuena con los cuestionamientos explorados en el arte italiano contemporáneo, esta forma de transformar el dolor colectivo en material artístico sin pathos.

La exposición londinense revela cómo esta melancolía se expresa a través de la repetición obsesiva. González retoma incansablemente los mismos motivos, las mismas figuras, creando un efecto de acumulación que evoca tanto a Andy Warhol como a los altares votivos de las iglesias populares. Esta repetición se vuelve ritual, exorcismo de una violencia social que también se reproduce mecánicamente.

Sus últimas obras, presentadas en la sección final de la exposición, muestran a una artista de 82 años que no ha perdido nada de su capacidad de subversión. Frente al arte digital triunfante, persiste en pintar a mano, reivindicando la imperfección como firma de lo humano. Esta persistencia del gesto manual resuena profundamente con mi propia práctica nocturna, esta fidelidad al pincel cuando todo empuja hacia la desmaterialización.

El Barbican revela una visionaria

La retrospectiva del Barbican revela finalmente a Beatriz González como una visionaria que ha anticipado nuestra época de saturación visual. Apropiándose desde los años 1960 de los códigos de la cultura de masas, prefigura los cuestionamientos contemporáneos sobre la imagen y su circulación. Su obra constituye una lección de ecología visual: cómo reciclar el imaginario de desecho para hacer de él un lenguaje artístico radical.

El montaje londinense, notablemente escenografiado, permite captar la amplitud de esta empresa de reciclaje estético. Cada sala revela una faceta de esa alquimia particular que transforma el desecho visual en oro artístico. González nos enseña que la belleza no se encuentra en el refinamiento de las formas sino en la inteligencia de la mirada que sabe ver de otra manera.

Esta exposición llega en el momento justo en nuestra época de interrogación sobre la legitimidad cultural. Beatriz González demuestra que no existe una jerarquía preestablecida entre las imágenes, solo miradas más o menos creativas para aprehenderlas. Su lección resuena mucho más allá de los muros del Barbican: nos invita a reconsiderar nuestra relación con las imágenes que nos rodean, ya no como consumidores pasivos sino como creadores potenciales de sentido.


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